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Todavía recuerdo el día que una “madre experimentada” me aconsejó que no acostumbrara a mi hijo a estar en mis brazos porque, a la larga, le haría daño.
Según ella, cargar a los hijos los convierte en dependientes y en personas inseguras. También mencionaba que los niños sufrirían si se acostumbraban a tus brazos y luego tenían que quedarse con otras personas. Como madre primeriza me asusté y pensé por un segundo en hacerle caso. Sin embargo, mi instinto me dijo que lo cargara y lo hice cuanto pude. Mientras más tiempo conmigo mejor. No importa si estaba sonriendo o llorando. De inmediato, me di cuenta que nada lo calmaba más que estar en el pecho de mamá.
Ahora salió un estudio que revela los beneficios que ofrecen nuestros brazos a la salud de nuestros pequeños. 
1. Se reduce al actividad del sistema nervioso y la de motor.
2. La frecuencia cardiaca disminuye por lo que el bebé se tranquiliza.
3. Los bebés prefieren el calor de los brazos y el movimiento. O sea, que la mamá esté caminando.
4. Le ofrece tranquilidad y seguridad.
5. Es una oportunidad íntima para mirarlo a los ojos y decirles "aquí estoy".
6. Mamá y bebé se conectan. Ambos sienten paz al sentirse tan pegaditos.
7. Los hijos comienzan a entender que las madres siempre estaremos ahí para arrullarlos. No importa la edad que tengan.




Nuestros hijos, desde que nacen, se van preparando poco a poco para ir separándose gradualmente de nosotros. Primero les alumbramos a ellos, y después alumbramos la placenta que les nutrió durante nueve meses a través de nuestro cuerpo. Después se alimentan a través de nuestro pecho, hasta que un día empiezan a comer alimentos sólidos por sí mismos. Unos meses después aprenden a andar y ya no necesitan nuestros brazos para deplazarse.


Ver a nuestros hijos crecer nos llena de sentimientos encontrados. Por un lado nos llena de orgullo, y en ocasiones resulta liberador para nosotros, como padres, ver que poco a poco van ganando una mayor autonomía y nos demandan menos atención.  Pero verles crecer también es doloroso, y exige una gran generosidad por nuestra parte para no entorpecer el proceso.

Un día nos descubrimos rememorando, con nostalgia, sus primeras semanas de vida, y descubrimos que ya sólo recordamos los buenos momentos.  ¿Es el miedo a perderlos? ¿El miedo a lo desconocido? ¿El dolor de saber que cada vez somos menos necesarios para ellos? No lo se a ciencia cierta, lo único que se es que ver crecer a mis hijos me duele, me llena de orgullo, me da miedo, me hace feliz y me entristece. Y todo ello al mismo tiempo.

Es una de esas grandes contradicciones de la maternidad; cuando nacen estamos deseando que crezcan un poco para tomarnos un respiro, y cuando han crecido queremos que nos devuelvan a nuestros bebés. Y ese es el gran reto también, conseguir disfrutar de cada etapa sabiendo que no va a volver, y lo que ahora echamos de más, algún día lo echaremos de menos.


Así como para un niño pequeño es esencial el contacto pleno con su madre, cuando este niño crece y se convierte en un joven, es necesario que las madres soltemos esa parte maternal que tiende a ser demasiado protectora, ansiosa, dominante y controladora. 

Después de todo, hay que ser conscientes que ese ser no nos pertenece, sí es real que ha nacido a través nuestro, a través de nuestro cuerpo, pero eso no significa que sea de nuestra propiedad. 

Cada ser es un alma por derecho propio, queriendo moldear y crear su vida a su modo. 
Como madres, es necesario que seamos conscientes que cada ser viene a la Vida para hacer su propio camino, y nosotras debemos respetarlos.


En nuestra cultura, la maternidad suele ser asociada con tomar y controlar, desde la creencia que “una buena madre nunca deja de luchar por sus hijos”. Pero cuando los hijos crecen, las madres tenemos que confiar en la fuerza y capacidades innatas de su alma para resolver los asuntos que encontrará durante su camino de vida. 

Tenemos que aprender a “dejar ser” a nuestros hijos. 
Esta actitud interior no es más que una fe madura, es decir, confiar en ese Poder Superior, en esa Sabiduría Superior que nos guía a todos, siempre. 

Soltar el deseo de controlar, rendir la propia aflicción a esta Fuente de Sabiduría Superior, nos despierta a niveles de espiritualidad muy profundos. 
Comenzamos a comprender que la paz y libertad interior que todos anhelamos no es posible alcanzarla queriendo tener control sobre la Vida. Pues claro! ese no es nuestro lugar aquí!

Esta maternidad espiritual implica poder soltar nuestros miedos y expectativas acerca de nuestros hijos. Nuestro mayor logro es permitirles ser quien verdaderamente es, dejando atrás el deseo de control, el miedo, las expectativas, etc. que, cuando han crecido, les quita energía vital a nuestros hijos.

Cuando nuestros hijos crecen, es necesario estar presentes como un alma que acompaña, como una madre en el sentido espiritual de la palabra; y soltar las emociones de la madre terrenal que tienden a aferrarse y no permiten avanzar hacia adelante, hacia la Vida.

Tenemos que confiar en la fuerza de su alma para hacer su propio camino; y esencialmente, en la Fuerza Superior que nos guía a todos.

Cuando aprendemos a soltar, a dejar ser, aceptar que las cosas son como son, y nos desprendemos de la maternidad aprensiva, controladora, que quiere resolverlo todo; nos transformamos en una madre espiritual, que ve y que sostiene a sus hijos apoyando sus manos en la espalda de ellos; permitiéndoles así que libremente miren hacia adelante, hacia la Vida. 


Una madre que ha desarrollado esta dimensión espiritual ya no quiere cambiar a sus hijos, sino que quiere honrarlos por lo que son: Un alma que va a seguir su verdadero camino propio en la vida.

¿Qué no es fácil? ya lo sé... a las madres nos cuesta soltar, pero todas queremos hijos felices verdad? La Vida ordena!


Entonces, no nos inmiscuimos en la vida de los hijos cuando ya son adultos, pero lo que si podemos hacer es mantener nuestros brazos abiertos para que vengan cuando ellos lo necesiten, con la seguridad de que encontrarán unos brazos amorosos para apoyarlos.

Meditación para liberarse de preocupaciones

Cierra ahora los ojos y coloca delante de ti las penas, las preocupaciones y los miedos acerca de alguna persona.
Coloca todo esto delante de ti, a cierta distancia y luego mira más allá de ello, hacia una Luz lejana y hacia algo infinito. Es la Luz de la Vida.
Quédate presa de esta Luz, atraída por ella.
Esta Luz te atrae y atrae también en aquella dirección todo lo que has colocado delante de ti.
Todo está aspirado lejos de ti, hacia aquel punto donde encuentra finalmente la tranquilidad.
Y tú expiras, al fin.
Tenemos problemas porque miramos con una mirada corta, tenemos que aprender a mirar más allá y sintonizar con la Fuerza de la Vida que mueve a todo y todos.
Toma conciencia de qué pequeño es lo que te preocupa, y qué grande es lo que te guía.
Acoge al sentimiento que has sido siempre guiado y siempre lo serás.

La libertad está a nuestro alcance cuando nos atrevemos a soltar y a confiar en la mano de Amor que nos ha guiado, nos guía y siempre nos guiará.
Ahora es tiempo de celebrar la vida.
¡Así sea!

…el Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir.
Jn 16, 13

Hay un período en el que los padres quedamos huérfanos de nuestros hijos; es que ellos crecen independientemente de nosotros, como árboles murmurantes y pájaros imprudentes. Crecen sin pedir permiso a la vida, con una estridencia alegre y a veces, con alardeada arrogancia. Pero NO crecen todos los días; crecen de repente. Un día, se sientan cerca de vos y con increíble naturalidad, te dicen cualquier cosa que te indica que esa criatura, hasta ayer en pañales y pasitos temblorosos e inseguros..., creció. ¿Cuándo creció que no lo percibiste?. ¿Dónde quedaron las fiestas infantiles, los juegos en la arena, los cumpleaños con payasos? Crecieron en un ritual de obediencia orgánica y desobediencia civil.

Ahora estas ahí, en la puerta de la disco, esperando ansioso, no sólo que no crezca, sino que aparezca... Allí están muchos padres al volante, esperando que salgan zumbando sobre patines, con sus pelos largos y sueltos. Y allí están nuestros hijos, entre hamburguesas y gaseosas; en las esquinas, con el uniforme de su generación y sus incómodas mochilas en la espalda. Y aquí estamos nosotros, con el pelo cano... Y son nuestros hijos; los que amamos a pesar de los golpes de los vientos, de las escasas cosechas de paz, de las malas noticias y las dictaduras de las horas.



Ellos crecieron observando y aprendiendo con nuestros errores y nuestros aciertos; principalmente con los errores que esperamos no repitan... Hay un período en que los padres vamos quedando huérfanos de hijos...; ya no los buscamos en las puertas de las discotecas y los cines. Pasó el tiempo del piano, el fútbol, el ballet, la natación....Salieron del asiento de atrás y pasaron al volante de sus propias vidas. Algunos, deberíamos haber ido más junto a su cama, a la noche, para oír su alma respirando conversaciones y confidencias entre las sábanas de la infancia; y cuando fueron adolescentes, a los cubrecamas de aquellas piezas cubiertas de calcomanías, posters, agendas coloridas y discos ensordecedores.

Pero crecieron sin que agotáramos con ellos todo nuestro afecto. Al principio nos acompañaban al campo, a la playa, a piscinas y reuniones de conocidos; Navidad y Pascuas compartidas. Y había peleas en el auto por la ventana, los pedidos de chiclets y la música de moda. Después llegó el tiempo en que viajar con los padres se transformó en esfuerzo y sufrimiento: no podían dejar a sus amigos y a sus primeros amores. Y quedamos los padres exiliados de los hijos. Teníamos la soledad que siempre habíamos deseado...Y nos llegó el momento en que sólo miramos de lejos, algunos, en silencio, y esperamos que elijan bien en la búsqueda de la felicidad y conquisten el mundo del modo menos complejo posible. El secreto es esperar...En cualquier momento nos darán nietos. El nieto es la hora del cariño ocioso y la picardía no ejercida en los propios hijos; por eso los abuelos son tan desmesurados y distribuyen tan incontrolable cariño. Los nietos son la última oportunidad de reeditar nuestro afecto. Por eso es necesario hacer algunas cosas adicionales, antes de que nuestros hijos crezcan. Así es: las personas sólo aprendemos a ser hijos, después de ser padres y sólo aprendemos a ser padres, después de ser abuelos... En fin, pareciera que sólo aprendemos a vivir, después de que la vida se nos pasó...
paciencia

Tener paciencia es fundamental y más cuando una nueva vida depende de nosotros. Es necesario adaptar la vida familiar a las necesidades del bebé, por lo tanto, antes de su llegada es recomendable plantearse los posibles cambios del entorno familiar e ir asumiéndolos para que no lleguen como una sorpresa.
Cuando el bebé se encuentra ya en el hogar con sus papás, hay un gran cambio, la actividad de los padres aumenta de una manera muy significativa produciendo en algunos momentos un inevitable estrés. Hay que procurar no perder el control, mantener la calma y relajarse en la medida que se pueda, la paciencia es fundamental.
Hay un dicho que sugiere que las prisas y los niños son incompatibles y es una gran verdad, ni el bebé puede razonar ni nosotros podemos enseñarle razonar por él, lo primero es el bebé, luego todo lo demás. Una colaboración entre todos los miembros de la familia ayudará a que cada uno pueda disfrutar de una cierta libertad en algún momento del día, a sentirse un poco más sosegado y calmado. No se pueden dejar todas las tareas solamente a la mamá, el padre y hermanos del pequeño también deben participar.

Un arma contundente para no perder nunca los nervios es el sentido de humor, esta es una herramienta ideal ante los momentos estresantes y ante las situaciones que puedan molestarnos.
Muchas personas que no son padres no comprenden, en ocasiones, qué representa tener un bebé en casa y los cambios que comportan, seguro que alguna vez te has encontrado a alguna de estas personas que, sin tener hijos, pretenden enseñarte cómo actuar. Con estas personas, paciencia, no sirve de nada discutir, al final ellos también tendrán niños y comprenderán la situación.
La paciencia es una virtud que se debe mantener y acrecentar sobre todo por nuestros hijos.
Cada vez que voy a una tutoría con la profesora de mi hija, claro que me interesa saber cómo va mi pequeña en los estudios, su nivel de rendimiento, de aprendizaje, esas cositas que tanto preocupan a los padres. Sin embargo, para mí, lo que más me interesa saber de la tutora es si mi hija se siente feliz en clase, con sus compañeros, y con lo que aprende. Siempre he creído que un niño feliz es un niño capaz de desarrollar cualquier tarea que le sea presentada.

Ser feliz, así como tener miedo, compartir, ser agresivo, etc., también se aprende y se hereda desde la más temprana edad. Los niños aprenden a ser felices cuando su entorno es feliz. Cuando, aún bebé, siente que les importa a sus padres, que hay comunicación con ellos, y que ellos atienden a sus balbuceos y a sus necesidades y derechos más básicos como el cuidado, la alimentación, educación, etc.

Pienso que la felicidad va mucho más allá del tener, poseer,..., yo diría que reside en la ilusión, en el deseo y en lo que emplea un niño para conseguir lo que quiere. Si el niño que está a punto de soltar el dedo de sus padres para dar libremente sus primeros pasos, confía que puede contar con el cuidado de ellos, se sentirá feliz y conseguirá lo que se propone. Lo mismo con la alimentación, con el sueño, etc.

A la hora de educar a nuestros hijos, son muchos los aspectos que consideramos y muchas veces dejamos de lado los sentimientos y sólo nos centramos en las buenas y malas conductas. Pienso que existen algunas claves que los padres pueden considerar a la hora de educar a niños felices:

1- Establecer un canal de comunicación con ellos a través de actividades como el juego, el baile, el dibujo, la música, la cocina, o simplemente viendo una película o compartiendo un cuento infantil, una manualidad, una adivinanza, etc.

2- Enseñando a los niños a aceptar sus frustraciones, de una forma constructiva y positiva. También tienen que aprender a perder. A través de los límites se puede enseñar a un niño sobre lo que es más o menos importante, y qué es lo que esperas de ellos.

3- Dejar que el niño exprese sus emociones, sus enfados,... No lo reprimas. El niño puede generar inseguridad y miedo a mostrarse tal y como es. Debes enseñarle a respetar sus emociones, y buscar soluciones.

4- Valora a tu hijo por sus virtudes morales. Ensénale a compartir, a ser amigo, a ser responsable con sus cosas, a tener disciplina con sus tareas, etc. Estos valores son los que le quedarán para su vida adulta.

5- No lo compares con otros niños, amigos o hermanos. Acepta a tu hijo tal y como es, con sus virtudes y defectos. Nadie es perfecto.

6- Las palabras tienen poder sobre los niños. Si estás diciendo continuamente a tu hijo que él “es malo”, que “siempre hace todo mal”, lo que conseguirás es bajar la autoestima de tu hijo, y no animarle a que se esfuerce para mejorar. Las malas palabras tienen un efecto al revés en los niños y en cualquier persona.

7- Enseña a tu hijo a ponerse en el lugar del otro. Que él busque no hacer a los demás lo que no le gustaría que hiciesen a él.

8- Enseña a tu hijo a reconocer y a agradecer por todo lo que tiene, de corazón. Es importante que él sepa que es un niño privilegiado, que tiene unos papás que le quieren, una casa en que vivir, comida, escuela, amigos, salud,... ufff... ¡hay tanto por agradecer!

Y tú, ¿qué crees que hace feliz a tu hijo?